Parir en casa- Nieta de la luna

Actualmente en Argentina, circula un anteproyecto de ley (2070-D-2018) que prohibe que las parteras puedan acompañar partos domiciliarios, e inhibe la figura de la doula y la puericultora dentro de las instituciones. Esta ley, de ser aprobada, relegaría a los partos planificados en domicilio a la clandestinidad, sin un marco político que ampare y regule a quienes decidimos parir de esta manera, y a quienes trabajan de este modo.

Y en este contexto, hoy quise escribir sobre los partos domiciliarios. Simplemente deseo resaltar la importancia de lo que desde mi mirada VALE, escribiendo desde el corazón y desde el amor, porque siento que es el único camino posible.

No es que crea que parir en casa sea para todas las mujeres, pero sí siento que todas las mujeres deberíamos parir libremente. Y parir libremente consiste en informarnos, empaparnos de saberes, de relatos amorosos, de confianza, de discursos de otras mujeres que han parido; porque la información es poder, y sólo desde el empoderamiento se puede decidir libremente. Desde allí, podré decidir quiénes me acompañarán, cómo y dónde quiero parir. Podré realizar un plan de parto si deseo parir en una institución. Podré reconocerme como soberana de mi cuerpo, como canal para la llegada de mi bebx, como creadora de ese nido que lo recibirá y lo acogerá durante sus primeros tiempos en la tierra.

Y como soberana, como creadora, como protagonista… necesitaré de un estado que respalde mi decisión, tanto si deseo que mi niñx nazca en mi hogar, como si deseo que nazca en un sanatorio u hospital; tanto si decido parir junto a mi doula, a mi partera o a mi obstetra; tanto si deseo parir en cuclillas, como si deseo hacerlo parada. Será mi decisión, no la decisión de un tercero.

Yo me informé. Leí, busqué, descubrí, dudé, cuestioné. Tuve un embarazo sano. Y parí en mi casa. Mi hija nació en nuestro hogar. En la foto, estoy en pleno trabajo de parto (relato del parto). Lo recuerdo como el día más feliz de mi vida, el día en que me sentí invencible, poderosa, animal, diosa y mágica. Ese día supe que si podía dar a luz a mi hija de esa manera, en libertad, sin intervenciones, fisiológicamente, luego podría hacer cualquier cosa que me proponga: cualquier cosa.

Y siento y pienso… que a ningún estado patriarcal, manipulador y misógino le conviene que las mujeres nos sintamos de esa manera. Nos preferirá sumisas, manipulables, recostadas con los genitales expuestos mientras parimos la vida, intervenidas hasta por las narices, expropiadas de nuestro poder natural.

El parto de mi hija duró diez horas y media. Durante seis horas estuvimos solos los tres, transitando las contracciones en la intimidad de nuestro hogar, con la libertad de moverme desde la ducha a la pileta, de la pileta a la cocina, de la cocina a la cama. Desnuda. Gritando. Comiendo. Tomando.

Cuando Sandra llegó a casa, supe que había estado dilatando. Y había dilatado gracias a una profunda inmersión hacia mis adentros, gracias a mi compañero que sostenía, gracias a mis sagradas hormonas que acompañaban, gracias al aroma a lavanda, a mi música, a mi espacio sagrado que ese día me veía florecer. Había dilatado gracias a la calma, al sin tiempo, al amor que fluía libre por las paredes de aquél departamento. Sandra, mi partera, acompañó en silencio y con un respeto que honro aún hoy, con su mirada de mujer sabia, con su compasión, sus palabras medicina, su calidez.

En un momento de mi labor de parto, conecté con mis ancestras y lloré. Lloré sus partos intervenidos, su imposibilidad de decidir cómo parir, con quiénes parir, dónde parir. Lloré sus ignorancias, sus sumisiones, sus obediencias. Lloré mi nacimiento acelerado. Lloré junto a ellas y ellas lloraron a través mío. Las sentí conmigo y parí con poder y con amor, por ellas y junto a ellas. Y sanaron. Y sané. Y mi hija nació y no se separó de mi pecho, su padre cortó su cordón. Guardamos su placenta guardiana. Mi compañero me cocinó y yo comí. Libertad se alimentó a través mío y durmió conmigo. Y vivimos cuatro días solos. Los tres.

Parir en casa es revolucionario. Porque parir en casa es volver a la fuente, es cuestionar lo establecido. Es desaprender el discurso médico y patriarcal que nos convierte en pacientes necesitadas de asistencia médica como si estuviéramos gravemente enfermas. Es recordar que parir está en nuestra naturaleza, que podemos despertar estas memorias porque habitan en cada una de nosotras.

No sé que hubiera sido del nacimiento de Libertad sin Sandra, esa mujer que me recordó el poder que dormía en mi interior, esa mujer que tomó mis manos y me pidió que suelte a la muerte y nade hacia la vida cuando paría a mi hija. Esa mujer que acompañó, despertó, celebró, lloró junto a mí, rió, abrazó y besó. Seguramente no hubiera sido lo mismo. No sé que hubiera sido de aquél momento si no lo hubiéramos vivido en casa. Tampoco hubiera sido igual.

Siento que cada ser llega, viene a vivir las experiencias que necesite transitar para su evolución. Pero también siento que podemos sembrar una tierrita fértil para que los seres que estén por llegar, lo hagan en amor.

Todos los días escucho y trabajo con memorias de nacimientos dolorosos y traumáticos que dejan su huella en las historias de quienes buscan mi acompañamiento. Memorias que se hacen presente en la cotidianidad, memorias de miedo, soledad y desamparo de aquél momento en el que salimos del útero de nuestra madre. “Para cambiar el mundo, hay que cambiar la manera de nacer” decía Michel Odent. Nacer en casa. Morir en casa. Volver hacia los ciclos de la vida y la muerte con naturalidad. Recordar los instantes sagrados y respetarlos.

Poder decidir, desde la información que es amor y que es poder, es honrar la vida.

https://nietadelaluna.com/2018/07/06/parir-en-casa/

1 comentario en “Parir en casa- Nieta de la luna”

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